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SÁBAT EN MADRID

Curadora: Cristina Santa Cruz

Jun 5 - Jul 20, 2026

Olavide 

C. de Olid, 14, Chamberí, 28010

Madrid, España

www.zinkindustriascreativas.com/sabat-en-madrid

Exhibición en homenaje al maestro del retrato en celebración de la presentación del libro Diez veces Sábat, escrito por Diana Baccaro, en Madrid, España.

Sábat en Madrid: la ciudad como biblioteca, museo y reflejo

Madrid fue, para Hermenegildo Sábat, una de esas ciudades interiores, un rumor antiguo que parecía esperarlo desde antes, en la sombra de una calle, en el oro gastado de una moldura, en el lomo vencido de un libro, en el nombre casi borrado de una marquesina. Fue mucho más que un destino, que una escala, que un punto luminoso en la cartografía de sus viajes. Fue una forma de la memoria. Allí, aquí, Sábat se reconocía a sí mismo, resultándole, quizás, casi baladí haber nacido un día fresco y húmedo de 1933 en el montevideano Pocitos, en Uruguay, o haber expandido todo el fulgor de su obra en Buenos Aires. Sábat tenía la trascendencia de un universal, de aquellos que transitan casi inconscientes de su estela.

 

Menchi llegó a Madrid muchas veces. La primera, hacia mediados de los años setenta. Después volvió. Volvió como vuelven los artistas a los lugares donde algo de sí mismos ha quedado suspendido. Allí encontraba amigos, escritores, voces españolas, voces rioplatenses, conversaciones que traían todavía el temblor de la historia. Madrid, entonces, no era sólo ciudad: era refugio, biblioteca, mesa compartida, memoria política, intemperie y abrigo.

En sus calles vivían también los fantasmas amados de la pintura. Sábat caminaba hacia el Prado como quien se acerca a una conversación antigua. Allí estaban La fragua de Vulcano, El triunfo de Baco y Las meninas; y las pinturas negras del prerromántico genio aragonés y su Saturno devorando a su hijo. Velázquez y Goya, no como nombres ilustres, sino como presencias. Hombres que habían mirado el poder, la comedia humana, la nobleza y la oscuridad. Hombres que supieron que un rostro puede contener un reino, una herida, una época entera. Se vio, quizás, reflejado entre pilas de libros en El príncipe don Carlos de Viana de Moreno Carbonero y sintió la oscuridad del ser profundo en la pincelada de Zuloaga. Más tarde, en el Reina Sofía, Picasso le abría otra puerta: la del siglo quebrado, la del grito, la del signo llevado hasta su límite.

 

Pero Menchi no buscaba solamente los grandes templos. También miraba abajo, al costado, en los márgenes. Le gustaban las ferias de libros viejos, esos pequeños cementerios vivos donde las páginas usadas todavía respiran. Se perdía en las calles antiguas, en los carteles de otros tiempos, en las letras pintadas sobre los comercios, en las marquesinas con nombres que parecían sobrevivir por pura obstinación poética. Las fotografiaba. Las guardaba. Como si en esos fragmentos mínimos Madrid le entregara algo que ningún monumento podía decirle.

 

Porque Sábat miraba así: miraba para escuchar, sin necesidad de poseer. En él, una línea podía ser una confesión. Un gesto, una biografía. Una boca apenas torcida, una sospecha. Una mirada, el destino entero de un hombre. Su arte no copiaba los rostros: los despertaba. Los traía desde una zona más honda, donde la apariencia deja de ser apariencia y empieza a decir verdad. Por eso sus dibujos, aun nacidos muchas veces del pulso inmediato de la prensa, no quedaron encerrados en la fecha. Siguen hablando. Siguen mirando. Siguen diciendo, con una sobriedad casi feroz, aquello para lo que las palabras no siempre alcanzan.


 

Madrid le ofrecía a Sábat una materia semejante: capas, signos, sombras, voces. Una ciudad escrita sobre sí misma, hecha de pintura, literatura, exilio, música, cafés, vitrinas, museos y veredas. Todo entraba en su mirada. Todo podía convertirse en memoria.

Quizá por eso su vínculo con España no pertenece únicamente a la biografía. Pertenece a su manera de estar en el mundo. Menchi era un artista del trazo, pero también de la atención. Un hombre que sabía detenerse. Que sabía que lo invisible suele hablar bajo la forma de un detalle. Que sabía que una ciudad, como un rostro, sólo se revela a quien la mira con paciencia, con inteligencia y con amor.

 

Madrid fue una de sus ciudades-espejo. Allí, entre museos y calles viejas, entre libros usados y nombres antiguos, entre amistades y exilios, Sábat encontró otra forma de su propio idioma. Un idioma hecho de líneas, silencios, ironías, ternuras y fulgores repentinos. Un idioma capaz de unir el Río de la Plata con España, la historia con la intimidad, el arte con la vida.

Y así, todavía hoy, podemos imaginarlo caminando. La cámara atenta. El ojo encendido. La mano, tal vez, ya dibujando antes de tocar el papel. Reflejándose en esa Madrid que también lo miraba a él.

 

Cristina Santa Cruz

Curadora

Mayo 2026

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